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Bernini y la guerra de las estatuas entre España y Francia

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la guerra de las estatuas roma siglo xvii

España y Francia tuvieron a lo largo de los siglos numerosos enfrentamientos bélicos, pero hoy vamos a referirnos a una de estas guerras que no tuvo víctimas, donde la lucha de poder se realizó a través del arte. Es lo que se llamó la guerra de las estatuas.

Cambio en el orden europeo

En la segunda mitad del siglo XVII, tras la Paz de Westfalia dio comienzo un nuevo orden europeo, donde Roma ya no era árbitro de las monarquías. Tras firmar el Tratado de los Pirineos en 1659, España y Francia dieron comienzo a otro conflicto en la ciudad de Roma, lugar donde todos querían estar representados. Ahora se cambiaban los cañones o moquetes por labores diplomáticas, con el papa también en litigio.

Estatua de Felipe IV en Santa María La Mayor en Roma
Estatua de Felipe IV en la basílica de Santa María la Mayor en Roma

Bernini

Las disputas a las que nos referimos orbitaron alrededor de tres proyectos escultóricos que todos querían situar en un lugar prominente de la ciudad de las siete colinas. Todos ellos tuvieron un denominador común, Bernini, que supervisó como disegnatore, aunque solo ejecutó el proyecto del papado. Eran una estatua ecuestre en honor a Constantino, otra de Luis XIV y una alegórica como emperador romano del monarca español Felipe IV.

Bernini, el escultor barroco

Gian Lorenzo Bernini (1598-1680) fue un arquitecto, pintor y escultor, faceta esta última en la que más destacó como uno de los grandes genios del barroco. Además de su labor escultórica, fue un ejemplo de artista que supo mediar entre el arte y la política, estando al servicio de países rivales como España o Francia, mientras hacía creer al papa que aún mantenía el poder. Entre sus obras más destacadas encontramos Éxtasis de Santa Teresa (Santa María de la Victoria), La visión de Constantino (Scala Regia) y el Baldaquino de San Pedro (Basílica de San Pedro). Tal era su prestigio, que fue llamado por Luis XIV para realizar el nuevo proyecto de su palacio del Louvre. Aunque no fue capaz de adaptarse al gusto clasicista francés, su viaje fue todo un acontecimiento.

Gian Lorenzo Bernini
Autorretrato de Gian Lorenzo Bernini

Estatua de Constantino

El proyecto fue iniciado por el papa Inocencio X y continuado por su sucesor, Alejandro VII. El nuevo papa asoció este proyecto con la construcción de la Scala Regia, una larga escalera que unía la Basílica de San Pedro con el Palacio Apostólico, la residencia de los papas. Esta construcción era un gesto para poner fin a las críticas a los papas que les acusaban de preocuparse más por lo terrenal que por lo espiritual, viviendo aislados y como cualquier otro príncipe. Se pretendía dar homenaje a la historia fundacional de la Iglesia.

Scala Regia Vaticano
La Scala Regia del Vaticano donde se observa a la derecha la escultura de Constantino

La idea de Bernini era situar una estatua de Constantino en la Scala Regia y en un lugar bien visible, ya que era un símbolo al ser el primer emperador que adoptó el cristianismo. De esta forma el papa lo sacralizaba y asociaba su imagen a la del emperador. Incluso se pensó en poner enfrente una imagen de Carlomagno, emperador que fue coronado por el papa, mostrando el vasallaje que exigía de los monarcas, y muy en concreto a los de España y Francia.

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‘La visión de Constantino’, la escultura ecuestre de Bernini situada en la Scala Regia del Vaticano.

En 1669, la fantástica estatua de Constantino, realizada en mármol blanco, se ubicó en un lugar prominente de la Scala Regia, como había deseado Alejandro VII, pero no pudo contemplarlo porque había fallecido dos años antes.

Estatua ecuestre de Luis XIV

El segundo de los proyectos se trataba de una escultura ecuestre de Luis XIV. Esta obra fue promovida por el cardenal Mazarino y también fue diseñada por Bernini y Carlos Rainaldi. Los franceses querían situarla en lo alto de la escalera de acceso al convento Trinitá dei Monti, que había sido fundado siglos atrás por el monarca francés Carlos VIII. El problema era que se trataba de un lugar en disputa con los españoles, y además estaba muy cerca de la casa de su embajador.

Este proyecto fue el único de los tres que no se realizó y fue debido al veto realizado por el papa Alejandro VII. Las razones fueron que no se incluían símbolos referentes al papa y además los escudos de armas de los franceses eran mucho mayores a los de la familia del papa, los Chigi. Además se apoyaron en el tratado Delle Statue de Bordoni, donde defendía que los retratos póstumos eran más oportunos que los realizados en vida.

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Proyecto de Bernini para la escultura ecuestre de Luis XIV que nunca se realizó

Estatua de Felipe IV

España no se quería quedar al margen y quería demostrar su poder también en la Ciudad Eterna. Durante el siglo XVII, había acusado signos de debilidad, sobre todo militar, por lo que debía mostrar los “signos reales” que antes ocultaba.

El proyecto comenzó en 1659, también proyectado por Bernini pero ejecutado por Girolamo Lucenti. El napolitano no quería perjudicarse ante el importante mercado francés, aunque fue consultado regularmente durante la realización, como en lo referente a su ubicación.

La petición llegó tras una serie de donaciones para basílicas romanas, dentro de la Obra Pía Española que había iniciado el monarca unos años atrás. Entre ellas estaba la de Santa María la Mayor, el lugar que habían elegido para ubicar la escultura.

Los diplomáticos de la Monarquía Católica, mucho más hábiles y prudentes que sus homólogos franceses, aprovecharon el momento en que Francia y el papado habían roto relaciones para solicitar el permiso. Pedro Antonio de Aragón, embajador español en Roma, fue una de las personas más importantes para su aprobación. También influyeron los 20.000 ducados anuales que pagaba España como donación y que le valió al monarca hispano para ser nombrado gran benefactor de la Iglesia Católica.

Estatuas de Felipe IV y Enrique IV Roma
Similitud iconográfica de las estatuas de Felipe IV y Enrique IV en Roma

La estatua envolvía al Rey Planeta en un manto real y con el cetro en la mano, al estilo de los antiguos emperadores romanos, proyecto que quería igualar a otros similares como los de Enrique IV en San Juan de Letrán o de Carlomagno en San Pedro. Curiosamente se decidió esconder la espada bajo el manto para no mostrar una imagen demasiado guerrera.

Bernini fue uno de los artistas con mayor influencia en política internacional de su tiempo, estando al servicio de potencias como España, Francia o el papado

Finalmente el proyecto se terminó en 1666, un año después de la muerte del monarca, pero quedó paralizado, probablemente porque el embajador, su gran valedor, se había marchado a Nápoles. No se exhibió hasta 26 años después y en un lugar distinto al pensado por Bernini, donde los reflejos lumínicos resaltaban la obra. Cambió de sitio varias veces a lo largo de los años, primero en el vestíbulo de la sacristía, luego junto a la pila bautismal y finalmente en el pórtico de la basílica, su ubicación actual.

Guerra de las estatuas sin vencedor

Esta guerra de las estatuas no tuvo ningún vencedor, ya que cuando finalmente se realizaron (en el caso francés ni eso), sus razones originales habían desaparecido.

Lo que sí podemos destacar de este «conflicto pétreo» fue el surgimiento de un nuevo binomio muy común durante los siglos XVI y XVII. El arte y la diplomacia se abrían camino en las cortes europeas con personajes como Bernini. El napolitano, que trabajó en los tres proyectos, supo desmarcarse de su realización directa, sabiendo manejar los hilos en cada momento. Nacía una nueva estrategia diplomática a través de los artistas que, ayudados de su prestigio, lograban con facilidad acceder hasta los principales lugares de poder.

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