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“El abrazo de Vergara”, el final de la Primera Guerra Carlista

El 31 de agosto de 1839 se realizaba el “abrazo de Vergara”, el famoso abrazo entre Espartero y Maroto que sellaba de manera efectiva, aunque no real, la paz en la Primera Guerra Carlista (1833-1840), considerada por algunos como la primera guerra civil española. El pretendiente carlista no reconoció ningún tipo de acuerdo y la guerra se alargó un año más hasta junio de 1840.

Este abrazo de Vergara entre los dos generales rivales, fue un símbolo que trataba de mostrar que se había llegado a un final de la guerra «sin vencedores ni vencidos», hecho que se había confirmado en el Convenio de Oñate firmado dos días antes en la localidad guipuzcoana y ratificado ese mimo día.

La Pragmática Sanción, el origen de la disputa dinástica

El carlismo aparece con las pretensiones de Carlos María Isidro, hermano Fernando VII, a sucederle en el trono al no engendrar un hijo varón. Después de tres matrimonios sin descendencia, Fernando VII logró que su cuarta esposa María Cristina quedara embarazada a principios de 1830. Ante la posibilidad de que fuera mujer, debido a que estaba en vigor la Ley Sálica de 1713 (Felipe V), decidió promulgar la Pragmática Sanción que anulaba está ley y permitía a las mujeres reinar siempre y cuando no hubiera hijos varones. Curiosamente en 1789, su padre Carlos IV ya había tratado de restaurarla pero no fue publicada y por tanto quedó sin aplicación legal.

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Isabel II se convirtió en reina de España tras la muerte de su padre Fernando VII en 1833, lo que fue el comienzo de las Guerras Carlistas

Con la derogación de la Ley Sálica y tras el nacimiento de su Isabel, futura Isabel II, al hermano del rey se le frustraba su acceso al trono.

Los Sucesos de La Granja

En septiembre de 1832 ocurrieron los famosos “Sucesos de La Granja”, donde el rey, que se encontraba muy enfermo, fue “obligado” a firmar un decreto que anulaba la Pragmática Sanción y por tanto los derechos de su hija a reinar. Algunos miembros del gobierno junto a algunos embajadores extranjeros presionaron a la reina para que convenciera al moribundo monarca. Pero a finales de año, y casi milagrosamente, el rey se recuperó y en seguida anuló el decreto.

Estos sucesos provocaron un cambio de gobierno (entró Cea Bermúdez) y sobre todo una polarización entre los defensores de una u otra opción, por un lado los liberales y los fernandinos a favor de los derechos de Isabel, y por otro los carlistas.

El carlismo

El origen del carlismo hay que encontrarlo incluso antes del comienzo de la disputa dinástica. En los años 20 se fue dando forma a un partido “Apostólico” que nació de movimientos como la Regencia de Urgel durante el Trienio Liberal (1820-1823) o la Revuelta de los agraviados de 1827.

La defensa del absolutismo, la religión o los impuestos diferenciados para ciertos sectores de la población, como los hidalgos, eran algunas de sus características. La defensa del foralismo, tan proclamada en ciertos sectores fue más un eco del romanticismo nacionalista de finales del siglo XIX que una realidad de aquellas gentes, que luchaban principalmente por la tradición por el rey Carlos.

El carlismo tuvo un importante apoyo del campesinado que se oponía a la creciente burguesía liberal que había surgido en el país.

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Carlos María Isidro de Borbón, proclamado por sus seguidores como Carlos V

Los ataques de los liberales a la Iglesia o la desamortización de Mendizábal (1836), fueron otras de las razones de las que se valió el pretendiente Carlos para unificarlos en su causa. La mayoría de ellos eran zonas del norte de España las regiones vascas y navarras, y en menor medida de Cataluña, Aragón, Levante, Cantabria y Castilla.

Carlos María Isidro de Borbón logró aunar razones ideológicas y dinásticas al servicio de su pretensiones al trono.

«¡Dios, patria y rey!»
El lema carlista

Fernando VII falleció el 29 de septiembre de 1833 y a los pocos días los carlistas ya habían comenzado a organizarse. Talavera, aunque brevemente, fue el primer lugar donde se sublevó el carlismo al grito de «¡Viva el rey Carlos!».

Los Voluntarios Realistas

Esta milicia, que llegó a contar con unos 200k integrantes, formó parte de las tropas carlistas en el conflicto y eso que fueron creadas por Fernando VIII durante el Trienio Liberal. Pese a que esta milicia irregular fue abolida en 1833, permanecieron con presencia significativa en las zonas vasca y navarra, debido sobre todo a que la estructura foral hacía más difícil su disolución. Los acercamientos de Fernando VII hacía ideas liberales más moderadas en sus momentos finales, hicieron que estos grupos, que nacieron como defensa del absolutismo, apoyaran la opción carlista.

Las regencias de María Cristina y Espartero

Durante la minoría de edad de Isabel, se dieron dos periodos de regencias. Desde 1833 con su madre María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, sucedida en 1840 por el general liberal Baldomero Espartero hasta 1843, año en que la reina fue declarada mayor de edad.

Al frente de los carlistas se situó Tomás de Zumalacárregui (1788-1835). La expansión de los carlistas por el norte fue importante pero no lograron ninguna de sus grandes capitales, San Sebastián, Bilbao o Pamplona permanecieron en el bando isabelino. De hecho durante el asedio a la capital vizcaína falleció el propio Zumalacárregui.

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Tomás de Zumalacárregui, el más famoso líder carlista

Baldomero Espartero se puso al frente de los isabelinos y logró liberar Bilbao del asedio. Los carlistas tuvieron algunos éxitos importantes llegando a dominar algunas ciudades como Segovia o Valladolid (que no pudieron mantener) e incluso llegaron hasta las puertas de Madrid con un contingente de tropas formado por unos 14 mil efectivos. Sin embargo se retiraron a posiciones navarras cuyo pensamiento era concertar un matrimonio que pusiera fin al conflicto: Isabel y Carlos Luis, hijo del pretendiente. Esta idea matrimonial no cristalizó ante la negativa de la regente.

«¡CARLOS O MUERTE! ¡VENCER O MORIR!»
PROCLAMA DE ZUMALACÁRREGUI A LOS NAVARROS
(8 DE MARZO DE 1834)

La característica general del ejército carlista era su carácter local, es decir, se formaban en zonas concretas del territorio pero no tenían la movilidad de las tropas regulares. Tenían la peculiaridad de poderse desmovilizar y volver a sus casas en un momento dado y juntarse de nuevo al tiempo.

Los últimos años de esta primera guerra surgieron diferencias entre los propios carlistas, que no habían podido conseguir sus objetivos. Esta descomposición interna junto a una facción de carlistas moderados que tenían aspiraciones políticas como contrapeso a los reformadores liberales, favorecieron las condiciones de lograr un acuerdo de paz.

El carlista moderado Rafael Maroto había quedado como principal jefe carlista y responsable del acuerdo, pese a que no estuvo en las negociaciones y además se mostró reticente a los acuerdos ofrecidos por los relistas. Pero ante el cansancio de la guerra y las pesimistas perspectivas de futuro (sobre todo por las victorias isabelinas), tuvieron que aceptar e incluso eliminar de sus pretensiones la ansiada boda entre Isabel y el heredero carlista.

El Convenio de Oñate

El 29 de agosto de 1839 varios general carlistas, como Simón de la Torre o Antonio Urbistono, negociaron con los isabelinos la firma del acuerdo, dando forma al Convenio de Oñate.

Entre los acuerdos firmados se mantenían los grados del ejército carlista, cuyos oficiales si lo deseaban podían integrarse en el ejército de la reina (aunque debían entregar las armas), así como el compromiso a atender a viudas y huérfanos de la guerra. También se aseguraba el mantenimiento de los fueros vasco y navarro, y la devolución de prisioneros.

Para la memoria carlistamás radical el nombre de Maroto se asoció siempre al eterno traidor

Como curiosidades del convenio, el propio Maroto no estuvo entre los negociadores ni contó con su firma y el acta que se firmó no incluía ni fecha ni lugar. Por ello fue necesario una ratificación realizada dos días después, esta vez sí, en Vergara, y que ya contó con la rúbrica de Maroto.

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El Abrazo de Vergara entre Baldomero y Maroto

El abrazo de Vergara

Paralelo a este convenio el mismo día 31 se produjo la ceremonia que rubricaba el acuerdo: el abrazo fraternal entre Espartero y Maroto, una reconciliación entre las dos Españas. Era la parte emotiva de la paz, algo que debía comprender todo el mundo y sobre todo las masas de gente que llevaban 6 años de cruenta guerra civil. Así, a caballo y rodeado de sus ejércitos, Espartero y Maroto se abrazaron para historia.

Maroto, el traidor

Rafael Maroto (1793-1853), del que ya hemos comentado que ni negoció ni firmó el primer convenio, fue tachado de traidor por aquellos carlistas radicales que aún mantuvieron la lucha durante un año más. El propio general murciano tuvo que defenderse indicando que habían sido los jefes de las divisiones de Vizcaya y Guipúzcoa quienes habían dado el visto bueno a la paz. De nada sirvió, ya que para para la memoria carlista su nombre se asoció siempre al eterno traidor.

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Baldomero Espartero y Rafael Maroto

Duque de la Victoria y Príncipe de Vergara

Todo lo contrario que Maroto, el general isabelino Espartero fue colmado de honores. Isabel II le otorgó el ducado de la Victoria (no confundir con el mismo título que otorgó el pretendiente Carlos póstumamente a Zumalacárregui, que fue posteriormente rehabilitado por Franco en 1954 como duque de Victoria de Amezcoas) en 1839 en homenaje a sus éxitos militares. Ya en 1836 había recibido el título de conde de Luchana tras su victoria en la batalla de Luchana que liberó Bilbao del asedio de Zumalacárregui. Mucho tiempo después, ya en 1872, Amadeo I de Saboya le otorgó el título de Príncipe de Vergara, con tratamiento de alteza y en homenaje al abrazo con Maroto.

Un mismo abrazo en Vergara pero cuanta diferencia entre ambos…  ¿No creéis?

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