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La entereza de Jenofonte

Jenofonte es uno de esos personajes singulares que la historia nos ofrece de vez en cuando. Historiador, filósofo y sobre todo hombre de acción, al que tocó vivir una época difícil pero clave en el devenir de la Grecia antigua. Coetáneo de Platón y discípulo de Sócrates, nos ha dejado grandes obras escritas gracia a su prosa sencilla.

Sin embargo, como comentábamos vivió tiempos convulsos y tuvo que asistir al fallecimiento de su primogénito en una de las tantas batallas a las que se enfrentó su polis, Atenas. Era el año 362 a.C. y la batalla de Mantinea enfrentó a una liga formada principalmente por Atenas, Esparta y Mantinea frente a otra de Tebas, Arcadia y Beocia. La ligera derrota de los primeros significó, no solo el ocaso de espartanos y atenienses como dominadores de la región, sino el fin de toda Grecia, pues dejarían el camino sembrado para la dominación futura de Macedonia.

De los muchos que cayeron en esta batalla, se encontraba Grilo, el mayor de los vástagos de nuestro protagonista, que al parecer cayó de forma heroica, según nos contaría Aristóteles.

Cuando llegó la noticia a un viejo Jenofonte, según sabemos por Diógenes Laerco, este no lloró. Tomó la fatal noticia con entereza y simplemente atinó a decir:

«Sabía que lo engendré mortal»

Jenofonte

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