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Diógenes, un trastorno y un filósofo macarra

El “trastorno de Diógenes” es conocido como un trastorno que provoca un abandono de la higiene de las personas que lo sufren, que se encierran en su casa y acumulan en ella grandes cantidades de basura.

Diógenes de Sinope fue un filósofo griego del siglo IV a.C. que, como buen cínico, vivía en la más absoluta pobreza e incluso dicen que dormía en un tonel. Para él la nobleza y la gloria eran cosas mundanas y malignas. De físico débil, se hacía acompañar de un bastón, que usaba para caminar o amenazar según convenía, como cuando ante una multitud y con el báculo en alto dijo “hombres he llamado, no heces”.

El de Sinope no dejó nada escrito y lo poco que conocemos de él es sobre todo gracias a otro Diógenes, Laercio, que escribió sobre él en su obra vidas sobre los más importantes filósofos. Era hijo de un banquero que fue acusado de falsificar moneda, lo que le obligó a huir de su ciudad natal y llegar a Atenas, donde fue educado bajo el báculo de Antístenes, antiguo discípulo de Sócrates. Fue precisamente el bastón de su maestro el protagonista de su primer encuentro cuando este se negó a admitirlo. Diógenes puso su cabeza bajo él y le dijo que no encontraría un leño tan duro que de él le apartara con tal de que le enseñara. Y le convenció.

Es difícil imaginar a alguien que le cayera bien a Diógenes, pues repartía “palabras” a diestro y siniestro, como cuando dijo que no había visto hombres buenos por ningún lado de Grecia. A los gramáticos porque “escudriñaban lo trabajos de Ulises pero ignoraban lo propios”, a los matemáticos por estar todo el día “mirando al sol y a la luna pero no lo que tienen a sus pies”, a los oradores ya que “procuran decir lo justo, más no procuran hacerlo” y les llamaba tres veces hombres por ser tres veces miserables.

Una vez vio como unos diputados llevaban a un ladrón menor y les dijo que “los ladrones grandes llevan al pequeño”. No tenía mejor estima por los músicos ya que hacían «cosas inútiles» ni a los atletas que estaban “compuestos de carne de puerco y de buey”. Tampoco era fan del amor, que definía como la “ocupación de los desocupados” ni del matrimonio, del cual recomendaba a los jóvenes no casarse todavía y a los viejos no hacerlo nunca.

«si no fuera Alejandro, querría ser Diógenes»

Alejandro Magno

A sus colegas filósofos tampoco les trató mejor. A Sócrates le llamaba loco y reprendió al retórico Anaxímenes por estar entrado en carnes al que dijo “danos a nosotros los pobres un poco de tu tripa, a ti te aligerará y a nosotros nos serás útil”. Platón, que llamaba perro a Diógenes, tuvo con él enconados encuentros. Criticó la teoría platónica de las ideas al que dijo “Yo, oh Platón, veo la mesa y el vaso pero no la mesalidad ni la veseidad”.

Diógenes y Alejandro Magno

Numerosos fueron sus encuentros y desencuentros con Alejandro Magno. Una vez el faraón macedonio se situó frente a él y le dijo que le pidiera lo que quisiera. Diógenes, que estaba plácidamente tomando el sol, le pidió… «que no le hiciera sombra«. Nunca hizo caso a los generales de Alejandro, Pérdicas y Crátero recibieron las amables palabras como ”más quiero lamer sal en Atenas que disfrutar de mesas abundantísimas de Crátero”.

Alejandro Magno y Diogenes
Alejandro Magno visita a Diógenes en Corinto (W. Matthews)

Cuando el gran Alejandro le dijo “Yo soy Alejandro el gran Rey” le espetó “yo soy Diógenes el can, que ladra a los que no dan y muerde a los malos”. Pese a todo Alejandro le tenía mucho respeto y admiración y llegó a decir “si no fuera Alejandro, querría ser Diógenes”.

Diógenes fue un personaje muy singular, que cuando hacía un discurso y nadie le escuchaba comenzaba a cantar. Una vez se encontró a un muchacho que bebía agua con las manos y le enojó que le ganase en simplicidad y economía. Cogió su recipiente de madera que usaba para beber y lo tiró airadamente.

A lo largo de su vida tuvo varios discípulos, de los que destacaron Foción y Estilpon. Vivió largamente, hasta los 90 años, aunque las causas de su muerte no quedaron claras.  Simplemente, como dijo Antístenes, dejó de respirar. Él mismo deseaba que su cuerpo fuera arrojado a los perros. Según Demetrio murió en Corinto el mismo día que Alejandro Magno lo hacía en Babilonia.

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